Lo que el viento dejó. La casita de alguna familia; atrás el monte,
segado por el viento (foto enviada por Amadeo Barrios a La Nación.com).
Hoy temprano, trabajando en otras cosas, anduve más o menos a unos 100 kilómetros del lugar donde un tornado devastó una colonia de pobres agricultores en Misiones.
Aunque ya no estoy allí, viví y trabajé en Misiones muchos años. Es una provincia fantástica, atrapante. Le tengo además un cariño especial; mis hijos nacieron allí.
Transitar hoy las rutas misioneras escuchando la radio fue una experiencia tristísima. Había pasado el atardecer y la noche del lunes en un lugar bucólico a orillas del Paraná, entre selva, tierra colorada y río, cuando la tormenta nos obligó a mudar la mesa del asado al comedor. La misma tormenta, quizás, un poco más alta. Unos cuantos kilómetros antes, esa furia natural incontrolable había sembrado la muerte y el desconsuelo.
Nueve muertos. Siete de ellos, niños. Criaturas arrastradas por el viento, por las cosas que volaban. Escuché a alguien contando que una madre estaba con su beba en brazos y que el viento se la arrancó de las manos.
Transitar la ruta, decía, fue una experiencia muy dura. A la distancia. No pasé por el lugar, sólo veía gente de la empresa de electricidad en decenas de camionetas, corriendo a arreglar postes. Unos 60 postes de hormigón terminaron en el suelo, decían en los informativos. Sólo filas de vehículos del Ejército que se dirigían a la zona del desastre. Sólo camionetas de la Policía, yendo a ayudar. Y en la ruta, bajo la lluvia de la mañana y el cielo gris, una pesadumbre interminable se apodera de uno en esas circunstancias.
Misiones es una tierra repleta de miles de pequeños productores que le pelean a la vida en sus chacritas de cinco, diez o veinte hectáreas. Con sus plantíos maltrechos viven su vida. Levantan sus casitas de madera, se abrigan, mandan sus hijos a la escuela aunque tengan que caminar varios kilómetros. Con sus plantíos maltrechos cargan sus cacerolitas renegridas por el hollín de la leña que les regala el monte, ahí al lado nomás. Y se sientan, seguramente, en torno de una mesita de tablas y comen su comida sencilla y humeante. Todo con esos plantíos maltrechos y algún animalito que hoy anda por el patio y mañana está en la olla.
Todo eso era hasta ayer. Vino el viento y se llevó los platos, se llevó la mesita de tablas, se llevó las sillas y los juguetes, los techos y los colchones. Se llevó los árboles que daban leña y los dejó reducidos a estacas muertas en el suelo. Se llevó un centro de salud inaugurado hace unos años. Y se llevó también las sonrisas y los juegos, y se llevó los correteos de los niños, los retos de las madres y la vida entera. Se llevó la vida, desparramada en el aire, perdida en la noche para siempre.