La verdad puede ser eclipsada, pero nunca se extingue (Tito Livio)

martes 8 de septiembre de 2009

Congoja

Lo que el viento dejó. La casita de alguna familia; atrás el monte,
segado por el viento (foto enviada por Amadeo Barrios a La Nación.com).



Hoy temprano, trabajando en otras cosas, anduve más o menos a unos 100 kilómetros del lugar donde un tornado devastó una colonia de pobres agricultores en Misiones.

Aunque ya no estoy allí, viví y trabajé en Misiones muchos años. Es una provincia fantástica, atrapante. Le tengo además un cariño especial; mis hijos nacieron allí.

Transitar hoy las rutas misioneras escuchando la radio fue una experiencia tristísima. Había pasado el atardecer y la noche del lunes en un lugar bucólico a orillas del Paraná, entre selva, tierra colorada y río, cuando la tormenta nos obligó a mudar la mesa del asado al comedor. La misma tormenta, quizás, un poco más alta. Unos cuantos kilómetros antes, esa furia natural incontrolable había sembrado la muerte y el desconsuelo.

Nueve muertos. Siete de ellos, niños. Criaturas arrastradas por el viento, por las cosas que volaban. Escuché a alguien contando que una madre estaba con su beba en brazos y que el viento se la arrancó de las manos.

Transitar la ruta, decía, fue una experiencia muy dura. A la distancia. No pasé por el lugar, sólo veía gente de la empresa de electricidad en decenas de camionetas, corriendo a arreglar postes. Unos 60 postes de hormigón terminaron en el suelo, decían en los informativos. Sólo filas de vehículos del Ejército que se dirigían a la zona del desastre. Sólo camionetas de la Policía, yendo a ayudar. Y en la ruta, bajo la lluvia de la mañana y el cielo gris, una pesadumbre interminable se apodera de uno en esas circunstancias.

Misiones es una tierra repleta de miles de pequeños productores que le pelean a la vida en sus chacritas de cinco, diez o veinte hectáreas. Con sus plantíos maltrechos viven su vida. Levantan sus casitas de madera, se abrigan, mandan sus hijos a la escuela aunque tengan que caminar varios kilómetros. Con sus plantíos maltrechos cargan sus cacerolitas renegridas por el hollín de la leña que les regala el monte, ahí al lado nomás. Y se sientan, seguramente, en torno de una mesita de tablas y comen su comida sencilla y humeante. Todo con esos plantíos maltrechos y algún animalito que hoy anda por el patio y mañana está en la olla.

Todo eso era hasta ayer. Vino el viento y se llevó los platos, se llevó la mesita de tablas, se llevó las sillas y los juguetes, los techos y los colchones. Se llevó los árboles que daban leña y los dejó reducidos a estacas muertas en el suelo. Se llevó un centro de salud inaugurado hace unos años. Y se llevó también las sonrisas y los juegos, y se llevó los correteos de los niños, los retos de las madres y la vida entera. Se llevó la vida, desparramada en el aire, perdida en la noche para siempre.

4 comentarios chinescos:

RELATO DEL PRESENTE dijo...

Terrible. Triste. Y aunque parezca impredecible, era absolutamente evitable si el Estado funcionara como tal y aplicara la ley de desmonte como corresponde.

Jorge-Z dijo...

No sé si era evitable con eso. La cosa vino desde el Brasil, pegó con desafortunada puntería en Misiones y después saltó al Paraguay. En todo caso habría que hablar de trabajos regionales: el desmonte mal hecho influye en regiones que superan ampliamente las fronteras.
Sí es cierto que hay mucha actividad irregular, o legal pero terriblemente mal hecha, en el tema desmontes.
Soy un defensor de la actividad forestal, pero bien hecha. Lo mismo vale para la agricultura o la cría de animales.
Más allá de eso, todo terriblemente doloroso. Todavía me asalta la tristeza cuando leo o pienso sobre el asunto.

Horacio dijo...

gran cagada

me remito al comentario que dejé en el blog de una misionera (https://www.blogger.com/comment.g?blogID=5302436041120381738&postID=8317154229632722430)

Azu dijo...

Hola Jorge, creo que no lo pudiste describir mejor. Es tan triste, encima el tiempo no mejora, espero que la gente de San Pedro pueda continuar con sus vidas.

Gracias por querer tanto a estas tierras coloradas.

Te mando un beso enorme.